miércoles, 26 de mayo de 2010

HISTORIA Y LEYENDA DE EL DORADO

El oro no es más que un elemento químico, un metal precioso blando de tonalidad amarillenta brillante que puede ser encontrado en estado puro, o mezclado con otras sustancias -especialmente el cuarzo y la pirita- en forma de pepitas en los lechos de los ríos o en las entrañas de la tierra. Ha sido utilizado desde tiempos inmemoriales para realizar elementos ornamentales o conmemorativos y para acuñar monedas, entre otras cosas, debido a que es, posiblemente, el metal más maleable que se conoce, a lo que se suma su belleza visual, su textura y su escasez, en comparación con la abundancia de otros metales que pueden encontrarse a lo largo de todo el mundo. En la actualidad, el oro es una de las mayores obsesiones del hombre, y así lo ha sido desde siempre, en cada lugar y en cada era histórica en que este metal fue conocido. Obviamente, dependiendo de la cultura o civilización que haya hecho uso de este precioso metal, su apreciación tuvo una u otra forma. Es y ha sido objeto de culto, adoración, bien económico, elemento ornamental, símbolo de poder, en fin, múltiples han sido las aplicaciones que ha merecido, pero de una u otra forma, jamás pasó desapercibido. A lo largo de los diversos momentos de la historia del hombre, algo como una extraña mística mantuvo una férrea e íntima relación entre el oro y el ser humano, que fue desarrollando en su interior un sentimiento de codicia que creció hasta límites inverosímiles, al punto de haberse acuñado célebres frases como “El tiempo es oro”, erigiendo así al amarillo metal en el puesto más alto de la escala de los valores materiales humanos. Cristóbal Colón habría dicho alguna vez: "El oro es el más exquisito de todos los elementos.... En verdad, con oro puede usted lograr que su alma ingrese en el paraíso". Quizás así Colón, un hombre ávido por las riquezas terrenales hasta el paroxismo, dejó sentadas las bases para lo que poco tiempo después tendría su inicio en el “nuevo mundo”: La conquista del oro de América. Con esta obsesión, implantada como un tumor en la mentalidad europea del siglo XVI, aunque en general un poco más desprovista del elemento místico que la mente del genovés, todo el Caribe y la América continental se vio invadida por inconmovibles conquistadores que buscaban ante todo y a cualquier precio, colmar su voracidad desbocada por el oro. El amarillo metal era todo lo que movía a estos hombres, todo lo hicieron en función del oro: arriesgaron la vida, sufrieron las peores penurias imaginables y destruyeron civilizaciones enteras. En poco más de cuarenta años luego del desembarco de Colón en Guanahaní el 12 de octubre de 1492, los dos más importantes imperios de América en la época, los Aztecas de México y los Incas del Perú, poblados por millones de habitantes, fueron completamente arrasados, y casi todo el oro saqueado en sus palacios y templos fue enviado para España. Pero cuando ya no aparecieron en las Indias, nuevas áureas civilizaciones para someter bajo las botas del soldado español, la desesperada obsesión de los conquistadores los llevó a crear imperios imaginarios de leyenda repletos de oro que esperaban pasiblemente para ser conquistados y saqueados. De todas estas leyendas, que pueden contarse por decenas, la que más llamó la atención y despertó en forma más notable la codicia de los españoles fue la leyenda de El Dorado.

Los mitos de los reinos de oro
De acuerdo a esta leyenda, El Dorado era más o menos algo así: una deslumbrante ciudad o reino de oro localizada en medio de la jungla, posiblemente en la zona central de la Nueva Granada, actual territorio de Colombia, aunque dependiendo , del origen y época de la versión, podía ser localizada también en alguna zona del interior de Venezuela, la selva amazónica e incluso en algún lugar de los Andes y hasta Andes, podía tener importantes variaciones en su denominación, aunque generalmente no diferían mucho en su concepto. La febril imaginación de los exasperados conquistadores, los llevó a ver en sus delirios una brillante urbe con calles y edificios de oro, donde el preciado metal era algo tan abundante y común que prácticamente todo, se construía y confeccionaba con él, incluso los más elementales artefactos de uso doméstico. ¿Pero todas estas leyendas eran sólo producto de la imaginación, llevada al delirio por la obsesiva búsqueda desesperada de riquezas auríferas? ¿Eran solamente rio historias inventadas por indígenas o fabuladores o respondían a una historia con una base de verdad? En realidad, muchas de las leyendas, como esta de El Dorado, tienen un origen en un hecho o base real, normalmente perdido en las nebulosas del tiempo y el en misterio, aunque la difusión a través de enormes territorios, por largos períodos de tiempo y con muchos interlocutores de febril imaginación llegaron a transformar notablemente el contenido original. te ¿Cuál fue el origen de la leyenda de El Dorado? De acuerdo a los registros con que se puede contar en la actualidad, es decir, las diferentes crónicas de indias que han llegado hasta nuestros días, no hay forma alguna de determinar con cierto grado de determinar seguridad en qué momento, lugar o circunstancia nació este mito, ni tampoco de cuándo data el término El Dorado, aunque sí existen algunas teorías. Es posible que a partir del mismo momento de la llegada de los primeros conquistadores al nuevo mundo haya comenzado a tomar cuerpo la leyenda, debido a que ya los primeros naturales que tomaron contacto con Cristóbal Colón hablaban de ciertos sitios lejanos donde el oro abundaba en cantidades inimaginables, lo que disparaba la imaginación de los europeos, y esto se fue dando constantemente en cada lugar donde ellos interrogaban a los indígenas sobre el origen del metal que adornaba sus cuellos, orejas y narices. La realidad es que a menudo esta situación, era aparentemente el resultado de l la desesperación de los indígenas que, al ver amenazado su mundo y hasta sus propias vidas, astutamente, luego de percatarse del supremo interés de los europeos por aquel dorado metal que para ellos sólo representaba un elemento decorativo, inventaban historias sobre sitios muy lejanos llenos de oro, con el objeto de lograr que los invasores rias se marcharan del lugar en su busca para no volver a saber más de ellos. Lamentablemente, el resultado para los naturales siempre terminó siendo el inverso al deseado, ya que con sus cuentos sólo lograban incentivar más y más le codicia de sus opresores, y la historia conoció así la devastación completa de un continente entero en busca de aquellos lugares fabulosos pletóricos de preciosos metales.

Primeras expediciones
De esta forma, en base a las historias fantásticas inventadas por los indígenas, Colón llegó a tener en su mente la posibilidad de encontrar algún sitio de estas características, y ya en el año 1514, Vasco Núñez de Balboa, descubridor de la Mar del Sur, actual océano Pacífico, partió hacia la jungla desde Panamá en busca de una ciudad de oro en dirección al territorio de la actual Colombia, sin haber logrado alcanzar su objetivo.
Pocos años después, tiempo durante el cual seguramente se habrán sucedido algunos otros intentos por descubrir un país de oro y habrán nacido otros tantos rumores, en 1529, Ambrosio Alfinger, comerciante y explorador alemán, arribó a las costas del norte de la América del Sur, para asumir como gobernador y capitán general de la recién creada Provincia de Venezuela, con el propósito de buscar en la jungla una Venezuela, supuesta ciudad o reino de oro. En sólo un año, organizó una gran expedición que, con un grupo formado por 200 alemanes y españoles y unos 1000 esclavos partió desde esclavos, Coro hacia el interior del continente devastando con crueldad numerosas poblaciones indígenas a su paso. El ambicioso proyecto tuvo un resultado desastroso: cientos de personas fueron muriendo una tras otra por enfermedades, hambre y ataques de los indígenas, y luego de mucho tiempo de haber recorrido diversas zonas del interior de los actuales territorios de Venezuela y Colombia, el propio Alfinger murió en las cercanías de Cundinamarca a causa de una flecha envenenada que atravesó su cuello Finalmente cuello. Los logros de esta expedición sólo se redujeron a algunas piezas de oro, probablemente pertenecientes a la cultura Chibcha, y a haber alcanzado el río Magdalena, afluente del Orinoco, y las cercanías de Bogotá. En 1530, otro alemán, Nicolás Federmann, supuestamente en acuerdo con , Ambrosio Alfinger, pero posiblemente sin la autorización de este, realizó s propia , su expedición paralela en busca de indicios de un reino de oro siguiendo el cauce del Orinoco, pero sin éxito. Años después fue nombrado gobernador, cargo que ejerció, hasta 1534, momento en que, haciendo una muestra de su tozudez, inició una nueva expedición de exploración en busca de su ambicionado objetivo, que se llevó a cabo entre los años 1535 y 1539. En esta oportunidad llegó a atravesar los llanos de Colombia y Venezuela y arribó a Bogotá en marzo de 1539 pero sin resultados satisfactorios. En 1531, el veterano de la conquista de México, Diego de Ordáz, solicitó y 31, obtuvo de la corona española el derecho a explorar los territorios de una imaginaria ciudad de oro que supuestamente, de acuerdo a los rumores, se encontraba en el interior de los actuales territorios de Colombia y Venezuela. Así, se dirigió al norte de América después a América del Sur, y exploró arduamente el Río Orinoco. Pero sin jamás haber llegado a descubrir nada. Muchos de estos viajes, especialmente los de Nicolás Federmann los relata Fray Pedro Simón, cronista franciscano español del siglo XVII, en su obra Noticias Historiales, en donde trata la historia de la conquista de los territorios actuales de, Colombia y Venezuela, cuya primera parte fue publicada en 1627, basándose principalmente en datos provenientes de otra obra, Elegías de varones ilustres, de Juan de Castellanos.

La leyenda de El Dorado y el auge de las expediciones
Pero la conocida historia de El Dorado, propiamente dicho, parece haber comenzado, de acuerdo al cronista Gonzalo Fernández de Oviedo, alrededor del año 1530, poco tiempo antes de la conquista del Perú, en la zona de los Andes de la actual Colombia, donde el conquistador Gonzalo Jiménez de Quesada tuvo su primer encuentro con los aborígenes del lugar. Se trataba de los Muiscas, una cultura indígena local que cultivaba maíz, papa y algodón, y practicaban la orfebrería con oro , y otros metales y piedras preciosas, así como el trueque de mantas, sal, cerámicas coca, cobre cerámicas, y esmeraldas con los cacicazgos de la riberas las del río Magdalena y otras zonas. De esta forma, los españoles tuvieron conocimiento de una costumbre ritual que tenían los indios chibchas, que residían en las cercanías de la laguna Guatavita, Gonzalo Jiménez de Quesada cercanías en la meseta de Cundinamarca, a tan sólo unos 70 kilómetros de la actual ciudad de Bogotá. Guatavita es una laguna de forma casi perfectamente circular, a unos 3000 metros sobre el nivel del mar, cuyo aspecto recuerda un cráter provocado por un meteorito o un volcán extinguido. De acuerdo a la historia recogida por Jiménez de Quesada, se sabe que este pueblo realizaba un evento Quesada, religioso, relacionado con la proclamación de un nuevo cacique o Zipa, donde el soberano o sacerdote llevaba a cabo una ceremonia en la cual su cuerpo era cubierto con polvo de oro para luego ofrendar numerosos objetos del mismo metal a los dioses, arrojándolos a la laguna. Al finalizar este ritual religioso el señor de los Chibchas se bañaba en las aguas desprendiendo de su cuerpo las partículas de polvo de oro, y luego se retiraban del lugar, abandonando así enormes cantidades de objetos de oro en el enormes fondo de la laguna. Esta ceremonia se habría celebrado en innumerables oportunidades durante mucho tiempo, y hasta poco antes del arribo de los españoles a la zona. Incluso cuando estos llegaron se creía que probablemente aún vivían indígenas que habían probablemente presenciado la última de estas ceremonias, oportunidad en que esta tradición habría caído en desuso por razones no determinadas, aunque probablemente se haya debido a enfrentamientos entre tribus de la zona, seguramente entre los chibchas y los muiscas.

El Dorado en la cultura popular actual
El mito de El Dorado no sólo ha fascinado a conquistadores, exploradores, aventureros, soñadores y científicos, sino que también ha tenido el mismo efecto en la imaginación de todas las personas. Así la literatura y el cine se han ocupado a menudo del tema, con diferentes proyectos que obtuvieron dispar difusión, y persiguieron distintos objetivos. En cuanto al cine, la primera producción cinematográfica internacional que ofreció una historia relacionada al tema fue El secreto de los incas (Secret of the incas), producción estadounidense del año 1954, dirigida por Jerry Hopper. Si bien no trató específicamente de la búsqueda de El Dorado, por distintos aspectos, puede citarse como un primer antecedente ya que sentó las bases para lo que después sería una cita recurrente en la cinematografía internacional: el argumento está basado en la búsqueda de un tesoro perdido de oro inca en el Perú, y su personaje principal es una especie de explorador aventurero, el cual según se dice habría inspirado a Steven Spielberg y George Lucas para la creación de su personaje de ficción Indiana Jones. Es un muy buen filme de aventuras protagonizado por Charlton Heston, que trató con mucha dedicación y respeto el tema y la cultura peruana. Esto resulta notable sólo teniendo en cuenta elementos como el haber sido casi íntegramente rodada en escenarios naturales del Perú, con bellas escenas de Cusco y estupendas tomas de la ciudadela de Machu Picchu filmadas en las ruinas cuando aún era un sitio prácticamente desconocido para el gran público internacional. La primera vez que el cine comercial internacional se ocupó específicamente del tema de El Dorado fue con la película alemana de gran producción del año 1972 llamada Aguirre, la ira de Dios (Aguirre, der Zorn Gottes), dirigida por el prestigioso realizador alemán Werner Herzog, y rodada íntegramente en escenarios naturales de la cuenca del Amazonas y otras zonas del Perú. El guión de este filme se centra en la figura de Lope de Aguirre, interpretado por Klaus Kinski, a quien retrata como a un desquiciado psicópata sediento de sangre, que no vacila ante ningún atropello o crimen que decida cometer. El relato es absolutamente libre, ya que en vez de basarse en la verdadera historia de los “marañones”, el guión se basó en los relatos hechos por Gaspar de Carvajal, quien viajó por el Amazonas en una expedición en calidad de capellán, pero en realidad no en esta, sino en la iniciada por Gonzalo Pizarro, y terminada en la desembocadura del Amazonas con Francisco de Orellana, casi veinte años antes que la de Lope de Aguirre, iniciada por Pedro de Urzúa en 1560; incluso Carvajal es uno de los personajes principales de la película. Sin embargo esta producción fue bien recibida por la crítica, ofrece poderosas imágenes que sin duda conmueven al espectador, y se nota un gran esmero en el desarrollo del vestuario y la ambientación histórica. En el año 1988 el cine volvió a ocuparse de la búsqueda de la ciudad de oro en el filme El Dorado, y nuevamente lo hizo a través de la figura de Lope de Aguirre, esta vez en una superproducción española dirigida por el afamado realizador Carlos Saura. En esta oportunidad, a diferencia de la película de Werner Herzog, el guión se desarrolló sobre la verdadera historia de los “marañones”, y las escenas representan cada uno de los hechos más importantes que, de acuerdo a las crónicas históricas de Gaspar de Carvajal, se fueron sucediendo desde el inicio de la expedición de Pedro de Ursúa. Esta película fue una de las más ambiciosas de la historia del cine europe y fue europeo, rodada con un notable esfuerzo de producción en locaciones naturales de Costa Rica, aunque se constituyó en un rotundo fracaso comercial. En los albores del siglo XXI, fue el turno del cine de animación a la hora de ocuparse del reino de oro, y lo hizo a través de la producción estadounidense del año lo 2000 El camino hacia El Dorado (Road to El Dorado), dirigida por Bibo Bergeron y Dorado), Will Finn, y con las voces de estrellas cinematográficas internacionales de la talla de Kevin Kline y Kenneth Branagh. La historia relata las aventuras de dos pícaros timadores españoles del siglo XVI que por casualidad tienen acceso a un mapa que los guiará a El Dorado. Así, se las ingenian para llegar al nuevo mundo, y escapándose de Hernán Cortés logran alcanzar la dorada meta: encuentran un fabuloso reino pletórico dorada de oro en las junglas de América central. La película trata con respeto el tema, aunque sin ahondar en demasiado rigor histórico y geográfico, por lo que podría considerarse un trabajo digno, consistente en no más que una fantasía inspirada en el mito de El Dorado, no sin demasiadas pretensiones, pero que logra concitar el interés de un público infantojuvenil en una leyenda de la cual muchos, probablemente, ni siquiera habían oído hablar hasta su estreno.

Conclusiones
No resulta difícil preguntarse luego de haber conocido toda esta historia, cómo es posible que semejante leyenda haya generado tantas expediciones, tanta desgracia, tanta muerte, a lo largo de los siglos, y lo que es quizá más incomprensible aún, ¿cómo es posible que incluso hoy en día, en pleno siglo XXI, se sigue hablando de El Dorado, y hasta existen quienes continúan buscándolo? Es lógico que parezca algo inconcebible, y por ello quizá hay que tratar de entenderlo pensando que el ser humano se siente naturalmente atraído y fascinado por lo desconocido, y dentro de esto, qué puede atraerlo más que una ciudad perdida. Existen un sinnúmero de historias y leyendas de ciudades perdidas a lo largo de todo el mundo, y solamente un pequeño porcentaje de estas han sido descubiertas, pero hasta haberlo sido, también se llevaron consigo vidas, ilusiones y pasiones de numerosos exploradores, científicos y aventureros. Probablemente algún día alguien anunciará que encontró El Dorado en algún lugar de América del Sur y pueda probar que es la verdad, así como Heinrich Schliemann anunció que encontró Troya, o Hiram Bingham, dio a conocer al mundo su descubrimiento de Machu Picchu, pero si esto sucediera, seguramente nada cambiará, el ser humano continuará fascinado en la búsqueda de otras ciudades misteriosas, perdidas entre la nebulosa del tiempo, donde se misturan y se confunden la realidad y la leyenda.

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